Sentir cosas

Era algún momento del segundo tiempo extra cuando mi abuela pidió que le prendiera a la máquina de oxígeno.

“¡Me muero! ¡Me muero!”, gritaba cómodamente, con una coca en la mano, desde su sillón que se reclina solo.

A veces es difícil tomarse en serio a la abuela, sobre todo porque asegura que sostiene conversaciones con la Virgen de Guadalupe -el portero de su edificio, encima, se llama Jesús- y jura que la ha llegado a visitar el abuelo muerto, al que nunca le gustó tener en casa en vida.

Pero, en todo caso, la final de Eurocopa que se definió con un tiro de un hombre que nació en Guinea-Bisáu y que había jugado sólo 13 minutos en todo el torneo autorizaba prácticamente cualquier exabrupto.

Es imposible hablar de ese partido sin hablar de Cristiano Ronaldo –Rolando, según la abuela-, una figura de tal tamaño mitológico que ya ha conseguido dos campeonatos desde la banca.

Si bien en la final de Copa del Rey de 2014 las tomas televisivas de Cristiano en la grada eran tan importantes para la moral madridista como las carreras de Bale, en la final de ayer de la Eurocopa el efecto fue aún más taumatúrgico.

“Cristiano me dijo que iba a marcar”, contó Eder, el heroico rastafari portugués. “Me pasó esa fuerza, esa energía de él”, aseguró el apóstol en términos místicos al final de un partido en el que uno de los pocos tiros a puerta de Portugal -el travesaño de Guerreiro- vino tras una falta decretada por un balón que pegó en la mano de Éder pero que se le cobró al francés Koscielny.

Éder, entonces, miró al cielo, agradecido, con una sonrisita cómplice, aunque lo mismo pudo haber volteado hacia la banca, donde Cristiano daba más órdenes terrenales que Fernando Santos, ese Tuca portugués, tan malencarado que uno termina agarrándole cariño.

Lo inaudito había acompañado al juego desde el principio, cuando una plaga de polillas se apostó en el Stade de France como un augurio bíblico de otras épocas, cuando los dioses mandaban construir pirámides en el desierto en vez de perseguir en calzoncillos un balón por el mundo.

Las cámaras, que se desviven por cada gesto de Cristiano, no fallaron en captar el momento en que el portugués se fue al suelo con un rictus de dolor y una rodilla deshecha: una polilla, una sola, se detuvo en su cara; un beso de la muerte que de pronto dejó de ser metafórico.

Así lo entendieron miles alrededor del planeta: Portugal era Cristiano (el que los salvó con dos goles cuando iban a quedar eliminados contra Hungría; el que cabeceó por encima de cincuenta y cuatro galeses en la semifinal del miércoles), y sin Cristiano, Portugal no era.

Es curioso: sólo después de llorar desconsolado por perderse el partido de su vida, y de ser retirado del campo en camilla, el estadio completo aplaudió a Cristiano. ¿Vamos a tener que esperar a que se muera para que algunos descubran que era un fenómeno?

La Eurocopa empezó con Cristiano tirando un micrófono a la profundidad de un lago y terminó con Cristiano alzando el trofeo hasta las alturas divinas de Eusebio y de Figo, que no lo consiguieron nunca. Parado sobre hombros de gigantes, el atleta mejor pagado del mundo, el hombre de 31 años, el padre, el capitán del equipo, se dejó caer al suelo y permitió que el mundo lo viera en un llanto primario. La escena conmovía por su honestidad, como cuando ganó el Balón de Oro en 2014 y, de nuevo, el mundo le aplaudió. Es difícil acordarse que Cristiano es humano cuando presume esos abdominales y llega en Lamborghini al entrenamiento, pero en este mundo raro, los episodios lacrimosos siempre ayudan.

Cristiano desapareció de la transmisión durante el resto del partido. La tensión se disipaba poco a poco y Portugal hacía de Portugal: el equipo que, de manera inverosímil, anula a los contrarios aun cuando un partido antes estos le hayan ganado al campeón vigente de la Eurocopa (como Croacia), o al vigente monarca del mundo (como Francia).

Para cuando llegó el tiempo extra, Cristiano reapareció. Renqueante, daba ánimos a sus compañeros y tenía la cara tan hinchada de llorar que ni las polillas, que una que otra vez durante el juego taparon hasta las cámaras, podían haberlo escondido. Cristiano daba órdenes, gritaba, brincaba -como podía-, alentaba a sus compañeros, se cambiaba de área técnica para seguir dando instrucciones y nadie le decía nada porque ¿qué le dices a alguien que regresó vivo -aunque cojo- de entre los muertos?

Si Cristiano se hubiera puesto a calentar, en ese momento, pese a que la lógica y las reglas mismas del futbol le hubieran impedido regresar al campo, Francia perdía el partido. Así funcionan las leyendas.

Para el segundo tiempo extra, el partido era de Cristiano Ronaldo, que transmitió a cualquier espectador con dos dedos de corazón una emoción humana que no daban las regañizas de Pogba ni las galopadas inconsecuentes de Matuidi.

Grité el gol de Éder como si hubiera nacido en Lisboa; la abuela pidió su oxígeno. Cristiano seguía llorando, esta vez con una sonrisa indeleble en la cara. El futbol, en sus mejores días, nos hace sentir cosas.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s